No es la IA: es la industria

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La IA no vino a matar la música, vino a incomodar un negocio que siempre funcionó igual. Mientras algunos gritan que es “el fin del arte”, el verdadero debate sigue siendo el mismo de siempre: quién controla, quién gana y quién queda afuera.

Cada vez que aparece una nueva tecnología en la música, se repite la misma escena: alarma moral, discursos apocalípticos y un enemigo nuevo al que culpar. Hoy ese enemigo es la inteligencia artificial. Pero detrás del pánico cultural, el debate no gira alrededor del arte sino alrededor del negocio. Y ahí conviene separar las cosas desde el principio.


¿A quién perjudica realmente la IA musical?


La respuesta es menos romántica de lo que suele decirse: a los grandes grandes de la industria. A los artistas hiperposicionados, a los catálogos millonarios, a los que concentran reproducciones, marketing y visibilidad global.

La IA empieza a disputar algo que parecía ciego: la acumulación masiva de escuchas. Bandas que no existen, canciones generadas artificialmente o proyectos sin rostro empiezan a competir por atención. El problema no es estético: es de mercado.

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¿Y la enorme mayoría de los músicos?


Para la enorme mayoría, la situación es otra. Los datos de las plataformas son claros: la mayoría de los músicos no vive del streaming. El dinero se concentra en un porcentaje mínimo.

Entonces cabe una pregunta incómoda: ¿qué exactamente viene a quitar la IA a quienes nunca lograron vivir de las reproducciones? El sistema ya estaba roto.


La IA no rompe un equilibrio justo: interviene en un esquema profundamente desigual.


¿La IA satura el mercado o abre nuevas ideas?


Se suele decir que la IA va a saturar aún más el mercado musical. Pero el problema no es la saturación en sí, sino cómo está organizado ese mercado. No es la creatividad lo que se agotó, sino un sistema que premia la repetición, castiga el riesgo y convierte la música en un flujo interminable de fórmulas recicladas.

La historia de la música lo muestra con claridad: desde Stockhausen y Kraftwerk hasta el sampling, la electrónica, los DAW, la piratería misma de la música, Bizarrap o Skrillex, la mezcla entre humano y máquina fue siempre el motor de las vanguardias. El humano viene saturando formatos; las ideas, no.

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La IA baja barreras de entrada. Permite explorar territorios que todavía no existen. Hoy estás a un prompt, horas de trabajo y criterio creativo de distancia de hacer algo nuevo. Antes era trabajo en solitario; ahora es trabajo más una herramienta que, por el costo de una suscripción, funciona como un productor que acelera procesos.

No reemplaza la creatividad: la empuja.

La IA como herramienta (y el mercado haciendo de las suyas)


La IA no compone sola. Necesita dirección, edición, decisión. No es para todos hacer música, nunca lo fue. Pero el criterio de un productor, músico o creador se potencia.

 

Otra cosa muy distinta son los bots que generan música de forma automática para plataformas como Spotify. Eso existe, y no es un problema de la IA: es el mercado haciendo lo de siempre, usando una herramienta nueva para maximizar ganancias. Culpar a la tecnología por esas prácticas es errarle al blanco. Las deformaciones éticas no vienen del algoritmo, vienen del negocio.

El productor, el oficio y la falsa moral.


Algunos dicen que la IA va a precarizar aún más el trabajo. Pero usar IA para reemplazar el 100% del trabajo creativo no es innovación: es vagancia, y eso existió siempre. Hits en serie, fórmulas recicladas, ghostwriters, playback, productos armados para vender. Nada de eso lo inventó la IA.

 

La IA no elimina el oficio. Lo elimina solo cuando del otro lado ya no había oficio.

El oyente como última instancia


Se dice que el vivo es irreemplazable. Es cierto, pero no porque sea un refugio romántico, sino porque la última palabra siempre la tiene el oyente. Hoy el oyente escucha, consume, elige, comparte y valida. Y eso sucede tanto en un show como en una red social.

 

Doechii, Bizarrap o L-Gante no llegaron ahí por instrumentos “correctos”, sino por conexión. La IA no solo ayuda a componer: también ayuda a comunicar, analizar mercados, armar posteos, entender públicos. Antes eso se resolvía con plata. Hoy, con menos plata y más criterio.

Antes de la IA, la música ya tenía dueño


La IA no vino a matar la música, vino a incomodar un negocio que siempre funcionó igual. Mientras algunos gritan que es “el fin del arte”, el verdadero debate sigue siendo el mismo de siempre: quién controla, quién gana y quién queda afuera.


Hay algo que muchos olvidan cuando se llenan la boca hablando de los supuestos peligros de la IA: en el mundo pre-IA la música tampoco era libre. La industria nunca dejó crear sin condiciones. Los artistas que llegan al número uno —por más independientes que se autoperciban— no pueden hacer cualquier discoteca sin pagar consecuencias comerciales. No pueden patear el tablero.

 

La crítica social y política, la crítica al sistema económico, la experimentación musical o la incomodidad siempre tuvieron castigo.

 

La industria no pone un gramo de esfuerzo si no hay dinero. Y ahí nunca importó el arte. Hubo artistas que cantaron abiertamente que querían sonar en la radio para ganar su primer millón. ¿Eso no atentó contra el arte? ¿No desplazó la búsqueda de belleza por la búsqueda de polémica rentable?

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Y ese es solo un ejemplo —y en castellano— entre miles y miles de canciones y grupos que le cantan a acumular, a maltratar mujeres, que incitan al racismo o reproducen violencias sin ningún tipo de cuestionamiento.

¿Dónde estaban ahí los defensores de la vanguardia, de la pureza del arte, del “esto no es música”?


Ese corrimiento pasó mucho antes de la IA.

Y curiosamente, en ese momento nadie gritó escándalo.


Arte y plata: dos debates distintos


 Por eso es clave no mezclar todo:

Una cosa es discutir música y arte.

Otra muy distinta es discutir negocio y dinero.

 

En Careta Radio los dos debates tienen lugar. Pero siempre con una diferencia clara: cuando hablamos de arte hablamos de creación, sensibilidad y riesgo. Cuando hablamos de plata hablamos de mercado, industria y poder.


 Confundirlos es funcional a los que siempre ganaron.

Separarlos, en cambio, es el primer paso para discutir en serio.


Que el control no se disfrace de cultura crítica

Esta nota no defiende a la IA.

Defiende una discusión menos hipócrita.

Porque el problema de la música no nació con los algoritmos.

Y si a los monopolios les molesta perder un poco de control, eso no es una tragedia cultural.

A lo sumo, este año algún ejecutivo no cambia el yate.